martes, 10 de mayo de 2011

¡Madre mía!

¡Madre mía!, acabamos de llegar de un concierto en las Petronas. Hemos escuchado la 9 sinfonía de Mahler en una sala casi privada. Mus ha aguantado como una campeona sin roncar. A mí me ha dado por pensar en mi madre. Para entrar en la sala de conciertos hay que ir con chaqueta, llegué sin ella y me prestaron una en el vestidor. Según me ponía la chaqueta podía escuchar las risas de mi madre. Yo con 11 años peleando con ella para no ponerme la chaqueta, “para no hacer el ridículo”.

¡Madre mía!, vamos todas las tardes al caer el sol a comprar sushi para la niña. Nuestro “chino” es un supermercado en el piso tercero de  las Petronas. Allí venden por un euro bandejas de sushi. Mus se está forrando(yo a tofu).

¡Madre mía!, aquí no existen las sábanas encimeras. Sólo hay bajeras y edredones. En el país de temperaturas de 25 de mínima, todo el mundo duerme con edredón. También es fácil ver a la gente paseando con jerseys(no de cuello vuelto) por la calle. Temperatura: 32 grados.

¡Madre mía!, estamos viendo cómo se construye Nueva York en Malasia. El centro de la ciudad está plagado de edificios altísimos en construcción. Una vez terminados se vende el 40% y el resto queda vacío. Vacías las torres de 30 plantas, vacíos los condominios de residentes.

¡Madre mía!, llego de la oficina a las 19 horas. Me doy un baño en la piscina. No hay nadie alrededor. Enfrente, hay un edificio con lágrimas luminosas que  recorren toda la fachada. Cambian de color. Primero, rojo, naranja, amarillo. Luego, violeta, fucsia. Es bonito. Al fondo suena una fuente de agua. Tranquilidad.

Madre mía, gracias por haber dejado que sea el que soy.  Gracias por haberme enseñado a disfrutar de las oportunidades que la vida me presenta. Gracias por haberme enseñado a no tener miedo.
Echo de menos compartir mi mundo contigo.

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