miércoles, 12 de diciembre de 2012

El Islam en Malasia


Ayer estuve en un seminario sobre “Música e Islam”.  Sobra decir que fue muy interesante. Por poner un ejemplo, al sur de Malasia en la ciudad de Johor Baruh, se canta y se  baila  como en el sur del Yemen (para saber más ver Zapin ) desde el siglo XV. Este país es así, tiene miles de influencias debido a ser un centro comercial marítimo desde la Antigüedad.
Asistentes al seminario, "Islam y Música"

Lo que me llamó la atención fue la virulencia con que los asistentes atacaron a los “fanáticos del Islam”. Les llamaron de todo menos “guapos”. Esto me llevó a recapacitar  sobre el último año y medio y lo que he aprendido y percibido sobre el Islam en Malasia.
He visto cosas muy variopintas: desde un concierto de rock en una mezquita, a una  protesta por la situación en Palestina (muy pequeña), mujeres profesionales que no me quieren dar la mano al estar casadas, señoras recién salidas del “Hola” muy sofisticadas y occidentalizadas, etc.

He hablado con musulmanes de toda condición  y edades. Desde los 18 años a los 60. Musulmanes que se consideran budistas, musulmanes cristianizados culturalmente, musulmanes ateos, musulmanes conservadores, musulmanes bebiendo vino sin pudor, etc.

Mi percepción  es que, como en casi todas partes, la realidad es más compleja de lo que a simple vista nos parece. Malasia fue siempre un nudo de comunicaciones, un centro que atraía comerciantes y gentes de muy diversas procedencias y estratos. Los comerciantes, sean de donde sean, son pragmáticos y con tendencia a estar más abiertos a las novedades (perdón por las generalizaciones). Los malayos, que son el grupo mayoritario y son todos- por ley- musulmanes, encontraron  en el Islam el conjunto de ideas y costumbres (adaptadas) que les permitieron tomar conciencia como grupo. Antes eran grupos dispersos, pequeños reinos de taifas con poca rivalidad (quizás porque siempre estuvo muy poco poblado y había bastante riqueza a repartir). Estas tierras estuvieron bajo el dominio indio durante muchos siglos. Gran parte de sus ritos sociales tienen una gran influencia hindú y en sus mitos hay una gran heterogeneidad.

La sociedad malasia se enfrenta a los mismos retos que, por ejemplo, la española. Vivimos en un sistema cosmológico de “fast food”. Los cambios están siendo rápidos- o la percepción que se tiene es que son rápidos, pero yo no estoy tan seguro-, y al ser humano no le gustan los cambios que no puede controlar. A lo que voy, entre una parte de la juventud hay un regreso a los “buenos” y “sanos” valores tradicionales del Islam. Es por eso que puedes ver una musulmana  de 50 años sin hiyab (pañuelo) y a una chica de 18 (peleona, protestona, siguiendo a Lady Gaga, etc) con el hiyab. Aparte hay un conflicto demográfico en Malasia entre los tres principales grupos: los de origen chino, malayo e indio. Los chinos cada vez tienen menos hijos y están perdiendo rápidamente poder demográfico (que afecta al poder económico).
También como reacción a la vuelta al conservadurismo hay una gran variedad de grupos musulmanes que se plantean cosas como “los derechos de los homosexuales”, “potenciar el racionalismo científico frente al pensamiento religioso”, “la igualdad de derechos de las mujeres en el Islam”, etc. Podeis ver algunos ejemplos en estos enlaces:

Estas últimas semanas ha habido un debate sobre si se debe implantar el hudud ( derecho consuetudinario musulmán) en el ordenamiento jurídico. Esto afectaría al civil, penal, mercantil , etc. Ha salido el tema de si Malasia es un estado secular o si hay que considerar las “especiales” relaciones con el Islam a lo largo de la historia. ¿Os suena este discurso?  Es igual que cuando se habla del Concordato entre el Vaticano y España.
Como conclusión, mi opinión personal (en realidad todo lo anterior también es opinión personal) es que  cuando se pretende que la sociedad sea homogénea y que todos pensemos y sintamos lo mismo niegas a la propia naturaleza humana (compleja, diversa  y preguntándose continuamente sobre su relación con la realidad). Las verdades absolutas nos arrastran a una pobreza de pensamientos y sentimientos (no confundir con emociones) que impiden la transcendencia a la que estamos abocados. 

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